... En el Renacimiento y el período barroco la visita del fantasma se asoció al neoplatonismo. Hay varios ejemplos en esa tradición poética. El más impresionante es el soneto de Quevedo: Amor constante más allá de la muerte. Un astro negro y blanco, ardiente y helado. Conforme a la doctrina platónica, en la hora de la muerte el alma inmortal abandona al cuerpo y asciende a las esferas superiores o regresa a la tierra para purgar sus faltas. El cuerpo se corrompe y vuelve a ser materia amorfa; las almas de los enamorados se buscan y se unen. En esto el cristianismo coincide con el platonismo; incluso las almas de los adúlteros Paolo y Francesca giran juntas en el segundo círculo del Infierno. Sin embargo, hay una diferencia substancial: a la inversa de la doctrina platónica, el cristianismo salva al cuerpo que, después del Juicio Final, resucita y vive la eternidad de la Gloria o la del Averno. Quevedo rompe con esta doble tradición y dice algo que no es ni platónico ni cristiano. El soneto de Quevedo ha sido justa y universalmente admirado pero me parece que no ha sido advertida su singularidad ni se ha reparado en todo lo que lo separa de la tradición neoplatónica. No es ésta la ocasión para emprender un análisis de este poema y me limitaré a un comentario sucinto. Para mayor claridad, transcribo el texto:
AMOR CONSTANTE MÁS ALLÁ DE LA MUERTE
Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;
mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía;
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido:
su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
En el primer cuarteto el poeta evoca - o más exactamente: convoca - el día de su muerte. El mundo invisible se desvanece y el alma, desatada del tiempo y sus engaños, regresa a la noche del principio, que es también la del fin. Conformidad con la ley de la vida: los hombres son mortales y sus horas están contadas. En el segundo cuarteto la conformidad se transforma en rebeldía. Insólita y poco cristiana transgresión: la memoria de su amor seguirá ardiendo en la otra orilla del Leteo. El alma, encendida por la pasión y vuelta llama nadadora, cruza el río del olvido. La conjunción de agua y fuego es una metáfora antigua como la imaginación humana, empeñada desde el principio en resolver la oposición de los elementos en unidad; en el soneto de Quevedo las nupcias del fuego y el agua asumen la forma de una relación a un tiempo polémica y complementaria. La llama lucha con el agua y la venca; a su vez, el agua es un obstáculo que, al mismo tiempo, le permite a la llama flotar sobre su moviente superficie. El alma, llama enamorada, viola la "ley severa" que separa al mundo de los muertos del de los vivos.
El primer terceto consuma la transgresión y prepara la metamorfosis final. En una rápida enumeración une, sin confundirlos, al alma y al cuerpo, este último personificado por dos elementos de la pasión erótica: la sangre y la médula. La primera línea dice que el alma ha vivido prisionera de "todo un Dios". No el Dios cristiano sino, aunque grande, un dios entre los otros: Eros, el amor. La imagen de la prisión amorosa aparece en otros poemas de Quevedo; por ejemplo, en el soneto que tiene por tema a un retrato de su amada que llevaba en una sortija: "En breve cárcel traigo aprisionado...". En general, como se ve precisamente en este soneto, no es el alma del amante la prisionera sino la figura de la amada, que está grabada (presa) en el corazón o en el alma de su enamorado. El amante, dice sor Juana en otro soneto, labra con su fantasía una cárcel para encerrar la imagen amada. Aunque Quevedo dice lo contrario - el alma del amante es la prisionera - no borra la relación entre los dos términos, el amante y la amada. Ahora bien, en uno y otro caso el emblema de la pareja es el deseo que teje una cárcel amorosa. El deseo es una consagración, sea porque la cárcel es divina (Eros) o porque la prisionera es una diosa o una semidiosa (la mujer amada). Se conserva así una de las nociones cardinales del amor en Occidente: la consagración de la amada. En sus dos vertientes la imagen suscita la de la sagrada comunión, turbadora y sacrílega analogía que es asimismo una violación del platonismo y del cristianismo. La segunda línea recoge la conjunción entre el agua y el fuego pero ahora de una manera más acusada y violenta: la sangre del cuerpo alimenta la llama inmaterial de la pasión. La tercera línea no es menos impresionante: el fuego pasional consume la médula de los huesos. Nueva fusión de lo material y lo espiritual: la médula es la parte más íntima y secreta de la persona, "lo más substancioso - dice el diccionario - de una cosa no material".
El sobrecogedor terceto final es el resultado de la transmutación en que consiste el combate amoroso entre el fuego y el agua, la vida y la muerte. En la primera línea el alma del amante abandona su cuerpo, "no su cuidado". Afirmación de la inmortalidad del alma pero que continúa presa en los lazos de este mundo. El alma sigue prendida, por el deseo, a otro cuerpo, el de la mujer amada. El "cuidado" que retiene al alma a la orilla del río del olvido y que convierte a la memoria en llama nadadora, no es el amor a las ideas eternas ni al Dios cridstiano: es el deseo hacia una persona humana, mortal. La frase de Blake, "la eternidad está enamorada de las obras del tiempo", es perfectamente aplicable a este verso blasfemo. La línea siguiente invierte los términos de la paradoja: las venas "serán ceniza, mas tendrá sentido". Los resiguos inanimados del cuerpo no perderán ni la sensibilidad ni la conciencia: sentirán y se darán cuenta de su sentimiento. La médula es objeto de la misma transmutación: aunque será polvo, materia vil, seguirá amando. Los restos del muerto, sin dejar de ser despojos materiales, conservan los atributos del alma y de la vida: el sentir y el sentido: En la tradición platónica, el alma abandona el cuerpo en busca de las formas eternas; en la cristiana, el alma se reunirá con su cuerpo un día: el día de los días (el del Juicio Final). Heredero de ambas tradiciones, Quevedo las altera y, en cierto modo, las profana: aunque el cuerpo se deshace en materia informe, esa materia está animada. El poder que la anima y le infunde una terrible eternidad es el amor, el deseo.
Religión y poesía viven en continua ósmosis. En el soneto de Quevedo es constante la presencia de los mitos y los ritos del paganismo grecorromano; también están presentes, aunque de modo menos directo, los misterios del cristianismo. El tema del soneto es profundamente religioso y filosófico: la supervivencia del alma. Pero la visión de Quevedo es única y, en su singularidad, trágica. El cuerpo dejará de ser una forma humana; será materia inánime y, no obstante, seguirá amando. La distinción entre alma y cuerpo se desvanece. Derrota del alma: todo vuelve a ser polvo. Derrota del cuerpo: ese polvo está animado y siente. El fuego, que destruye al cuerpo, también lo anima y lo convierte en cenizas deseantes. El fuego del poema es metafórico y designa a la pasión; sin embargo, en el ánimo del lector evoca obscuramente el rito pagano grecorromano de la incineración del cadáver, reprobado por la Iglesia. Es imposible saber si Quevedo tuvo consciencia de esta asociación; probablemente se dejó llevar por imágenes inconscientes. Por lo demás, no importa demasiado saberlo; lo que cuenta es lo que siente el lector al leer el poema... y lo que siente es que el fuego del amor de pronto deja de ser una gastada metáfora y se vuelve una llama real que devora el cuerpo de un muerto. Resurrección de una imagen que duerme en el inconsciente colectivo de nuestra civilización. El Diccionario de autoridades, al definir el significado de la palabra ceniza, dice que designa "los huesos y residuos de algún difunto, haciendo alusión al estilo que introdujo y observó la Antigüedad de quemar los cuerpos de sus difuntos, separando sus cenizas para conservarlas en sepulcros, urnas o pirámides". El soneto de Quevedo es una urna de forma piramidal, una llama.
Octavio Paz
La llama doble