lunes, 18 de diciembre de 2006

Cigarras y hormigas

(o qué hacer este verano)


Durante ese verano, ese otoño y esa primavera la cigarra cantó, leyó libros maravillosos, se hinchó de frutas de comarcas lejanas, fornicó y bebió hasta desfallecer, durmió sobre el humo de las ramas del sauce. Mientras, la hormiga -que sabe leer y conoce la historia- saqueó con su modestia la montaña, llenó de hojas, migajas y restos de vecinos muertos toda su cueva. Meticulosa, la hormiga pasó el año ahorrando para cuando el viento y la lluvia feroz.

Y llegó el invierno (como suele suceder en la literatura y en el mundo) y arrasó con todos los planetas. Del reino sólo quedaron raíces y hojas de plátano, susurros atrapados bajo el hielo, cadáveres simples y pequeños (cigarras y hormigas, por ejemplo).


Alberto Barrera

lunes, 20 de noviembre de 2006

La mujer barbuda

¿Con qué será que sueña
la mujer barbuda?
¿Será que en el sueño ella salta
como la trapecista?
¿Será que soñando se arriesga
como el domador?
Verás
simplemente se quita la máscara
como un payaso.

Qué tendrá...
Qué será ¿eh?
Qué tendrá para perder
la mujer barbuda.


Adriana Calcanhotto

domingo, 23 de abril de 2006

Beatrice

      Aquel muchacho Dante
campaneaba tu paso en las esquinas
y después de mirarte de callado
se encerraba en la pieza y escribía...
y no se te ocurrió por un instante
pensar que el gil de Dante
te quería?

      Y luego andaban sueltos por Florencia
cada versos de amor que eran un lujo,
y todo a vos,
      y muchos
            lo sabían...
y no se te ocurrió por un minuto
pensar en lo gigante que se haría
el gil aquel por lo que te escribía?

      Yo quisiera saber qué te vería
para vivir cantando tu memoria,
si no le diste cinco de bolilla.

      De vos,
que no le dabas ni la hora,
de él,
que te miraba y se moría
no logro distinguir al más idiota.

      Y debe ser,
sin duda,
porque a veces
a mí también me pasan esas cosas.


Juan de Marsilio

lunes, 27 de febrero de 2006

Un funesto nombre de mujer

    Miguel siempre deseó ser escritor. Desde niño ése fue su sueño. Su primer juguete fue un conjunto de módulos; diez con el controno de los números, y veintiocho con los signos de los sonidos lingüisticos. Con ellos floreció su precoz instrucción. Supo leer, y de cierto modo escribir, primero que ninguno de los niños de su tiempo. En sus juegos siempre desestimó los módulos de los números, prefiriendo esos otros con los que, muy pronto, pudo construir comprensibles términos como cielo o nube. Sin conocer el porqué, uno de esos módulos - el primero del repertorio sonoro - fue objeto de un misterioso repudio. Desde el principio lo despreció y el recurrente deseo de reproducir voces sin él, terminó convirtiendo el inocente juego en un persistente y penoso conflicto. Y esto empeoró, desde que dejó de construir simples términos e inició el intento de componer textos siguiendo un guión. Evidentemente el escribir omitiendo ese signo, no es imposible pero es en extremo difícil. El continuo esfuerzo, impropio de un niño, repercutió en su espíritu; corrido el tiempo, Miguel se volvió un joven introvertido y con un único entretenimiento: escribir cuentos con ese curioso estilo.
    Cumplidos los veinticinco, trocó su tedioso empleo de portero en un edificio por un puesto en un periódico. Primero cumplió funciones de simple meritorio, pero luego, en virtud de sus conocimientos pudo ser notero, cumpliéndose entonces sus viejos deseos de escribir en serio. Por un tiempo todo fue bien. Comenzó con un desempeño muy bueno e incluso obtuvo un cierto prestigio. Pero pronto volvieron los primitivos recelos y se inició un embrollo muy difícil de resolver; el inveterado empeño dejó de ser un mero juego y se convirtió en obsesión. El signo rebelde cobró condición de prohibido en el cerebro de Miguel, y llegó el momento en que, incluso, el propio monólogo interior tomó el insólito estilo de su escribir. Como es obvio, esto perjudicó el brillo y sencillez de sus textos, estos primero fueron confusos, y luego, oscuros e ininteligibles. Consciente de su impropio proceder en el empleo y temeroso por sus posibles efectos, pidió consejo, pero su mujer lo escuchó con evidente desinterés; Miguel le comentó sus desvelos, pero se estrelló en un muro de incomprensión. Y por fin llegó lo previsible: los superiores en el periódico no pudieron entender los móviles de Miguel, y mucho menos, consentir su modo de escribir. Todo terminó con su expulsión. Miguel soportó el golpe con estoicismo, pero lo que le resultó poco menos que insufrible, fue el desmedido enojo de Mercedes. En efecto, su mujer, ni bien supo lo del despido, se enfureció y le endilgó un extenso repertorio de denuestos. Miguel intentó por todos los medios exponer los viejos miedos, pero le fue inútil. Mercedes, con su sentido simple y directo, no logró entender el complicado y equívoco discurso de su esposo. El conflicto culminó irremisiblemente en divorcio, y el compungido Miguel se quedó sin empleo y sin mujer. Desde entonces quedó sumido en un punto de creciente depresión. Los meses fueron sucediéndose sin indicios de progreso en el espíritu de Miguel. En todo ese tiempo, el registro de términos con los que nutrir sus cuentos, fue su único recreo. Su retorno como portero en el edificio le permitió subsistir, y de ese modo, pudo seguir ejerciendo su despropósito en el difícil género elegido. Pero, por fin, un suceso logró conmover los sentidos de Miguel. Conoció otro espécimen femenino y lo recibió como un bienvenido consuelo. El encuentro le permitió emerger de su retiro y conocer un ser tierno, hermoso, y sobre todo comprensivo. Un viento de sueños sopló entonces en el pecho de Miguel, pero sólo duró lo que el dulce en el hocico del perro, pues los hechos se sucedieron con ritmo poco común.
    Un incidente, que no por previsible resultó menos sorpresivo, convirtió en polvo su reciente ilusión. - ¿Cómo es tu nombre? - le preguntó. Fue el principio del fin. El nombre detonó en su mente como un misil y el débil hilo de su juicio terminó de romperse. Todo dejó de tener sentido y desde ese momento tuvo un único objetivo: huir... huir de ese mundo lleno de símbolos prohibidos e irse lejos de ese funesto nombre de mujer. Miguel se esfumó y sólo dejó en pos de sí, un documento con un texto de difícil comprensión:
"Me voy y no volveré. Lo siento, pero es imposible. Si no puedo escribir tu nombre, no te podré querer. Miguel".

    El pliego logró su destino, pero sirvió de muy poco: Amanda se quedó por siempre sin entender el porqué de lo efímero del encuentro con Miguel, y mucho menos, el de su incomprensible fin.


Juan José Montero


En castellano, las vocales representan aproximadamente el 50% del material fonético. Dentro de ese 50%, ésta es la frecuencia de las vocales: A 16%, E 14%, O 10%, I 6% y U 3,6 %. En un relato de la extensión de "Un funesto nombre de mujer" debería haber unas 380 letras A.
No las hay.


jueves, 26 de enero de 2006

Túmulo de la mujer de un avaro...

... que vivió libremente, donde hizo esculpir un perro de mármol llamado "Leal"


     Yacen en esta rica sepoltura
Lidio con su mujer Helvidia Pada,
y por tenerla solo, aunque enterrada,
al cielo agradeció su desventura.

     Mandó guardar en esta piedra dura
la que, de blanda, fue tan mal guardada;
y que en memoria suya, dibujada
fuese de aquel perrillo la figura.

     Leal el perro que miráis se llama,
pulla de piedra al tálamo inconstante,
ironía de mármol a su fama.

     Ladró al ladrón, pero calló al amante;
ansí agradó a su amo y a su ama:
no le pises, que muerde, caminante.


Francisco de Quevedo

domingo, 15 de enero de 2006

Formoso Tejo meu...

Formoso Tejo meu, quão diferente
te vejo e ve, me vês agora e viste!
Turvo te vejo a ti, tu a mim triste,
claro te vi eu já, tu a mim contente.

A ti foi-te trocando a grossa enchente
a quem teu largo campo não resiste;
a mim trocou-me a vista em que consiste
o meu viver contente ou descontente.

Já que somos no mal participantes,
sejamo-lo no bem. Oh, quem me dera
que fôramos em tudo semelhantes!

Mas lá virá a fresca primavera:
tu tornarás a ser quem eras de antes,
eu não sei se serei quem de antes era.


Francisco Rodrigues Lobo
muerto ahogado en el río Tejo en 1622


lunes, 9 de enero de 2006

Oceano Nox

Junto do mar, que erguia gravemente
A trágica voz rouca, enquanto o vento
Passava como o voo do pensamento
Que busca e hesita, inquieto e intermitente

Junto do mar sentei-me tristemente,
Olhando o céu pesado e nevoento,
E interroguei, cismando, esse lamento
Que saía das coisas, vagamente...

Que inquieto desejo vos tortura,
Seres elementares, força obscura?
Em volta de que ideia gravitais?

Mas na imensa extensão, onde se esconde
O Inconsciente imortal, só me responde
Um bramido, um queixume, e nada mais...


Antero de Quental

jueves, 5 de enero de 2006

Desmemoria acústica

Ayer a la tardecita iba solo en el auto cuando en la radio comenzó a sonar Nightswimming y en un instante se me llenó el cuerpo de la melancolía más dulce que uno pueda imaginarse.

Quise tener doce años de vuelta y pasar los tres meses del verano del 88 en la vieja cabaña junto al lago en Cramdon Corner. Añoré estar sentado en el desvencijado muelle de madera, los pies chapoteando despacio en el agua y mis amigos tirados boca arriba a mi lado mirando el cielo en silencio, mientras la brisa suave de las ocho de la noche nos secaba el pelo. Me embargó el deseo de que pasara mi primo Ted a buscarnos en su pick-up destartalada y nos llevara en la caja al autocine a ver la misma película por décimocuarta vez, atragantándonos con caramelos pegoteados por el calor y una botella de cerveza sin gas traída a modo de infantil contrabando. Hubiera pagado por sentir una vez más la misma electricidad que me corría por la nuca cuando la veía pasar a Molly por la puerta de la fuente de soda del viejo Wilbur, cruelmente ataviada con pantalones demasiado cortos y la camisa anudada sobre el ombligo, riéndose sin darse cuenta de que llevaba todas mis ilusiones en los hombros.

Me pregunto si en ese preciso momento, en Georgia o Carolina del Sur, un muchacho de veintipico largos estaba escuchando una canción y sintiendo nostalgia de un picado con una pelota desgajada en una cortadita de empedrado a dos cuadras de la estación, de medialunas con dulce de leche a la tarde en la pileta de Adrogué, de un jumper azul y unos ojos almendrados abajo de un árbol en el patio de séptimo grado.

Algún distraído allá arriba nos traspapeló las saudades.


gentileza involuntaria de Autopistas

domingo, 1 de enero de 2006

A Cachorra

Veio uma angústia de cima
Pelos ombros me agarrou
No mais fundo do meu peito
Sua lâmina cravou
Depois que no chão desfeito
O meu corpo estrebuchou
Pelos cabelos a fera
Sobre pedras me arrastou
Meu corpo se espedaçou.
Mais ainda não satisfeita,
Nova vida me insuflou:
Para mostrar poderio
Com a sua mão direita
Uma cidade arrasou
Na esquerda tomou um rio
Fogo nas águas soprou
As águas todas do rio
Com seu hálito secou
Levou-me aos cimos mais altos
No ar me imobilizou
Depois em súbitos saltos
A garra adunca fincando
No meu coração, lá do alto
Soltou um grito nefando
E sobre o mar me atirou.
Ah! nas águas do mar alto
Meu corpo logo afundou.
Veio buscar-me de novo:
Angina-pectoris, polvo,
Meu coração sofocou
E tais surras de chicote
Me deu, que a cada lambada
Minh'alma mortificada
Só a morte desejou;
Meu rosto esfregou na lama
As faces me babujou
E quando, à atroz azafama,
O meu olhar se turvou
Vencido entregue arquejante
- Perdido o sangue das veias -
Na praia sobre as areias
Meu corpo exausto rodou.
Ah! pobre corpo do amante
Que até o fim se humilhou!
Então um riso infamante
As fauces lhe escancarou
Zombou da minha tolice
"Eu sou a Cachorra", disse,
"Tu me chamaste: aqui estou".

A essa voz dissiparam-se as sombras
E enquanto ela me mastigava os últimos restos da memória
Senti que da sua boca nasciam rosas
E vi que o céu se rasgava para a maravilhosa aparição.


Pedro Dantas