Cumplidos los veinticinco, trocó su tedioso empleo de portero en un edificio por un puesto en un periódico. Primero cumplió funciones de simple meritorio, pero luego, en virtud de sus conocimientos pudo ser notero, cumpliéndose entonces sus viejos deseos de escribir en serio. Por un tiempo todo fue bien. Comenzó con un desempeño muy bueno e incluso obtuvo un cierto prestigio. Pero pronto volvieron los primitivos recelos y se inició un embrollo muy difícil de resolver; el inveterado empeño dejó de ser un mero juego y se convirtió en obsesión. El signo rebelde cobró condición de prohibido en el cerebro de Miguel, y llegó el momento en que, incluso, el propio monólogo interior tomó el insólito estilo de su escribir. Como es obvio, esto perjudicó el brillo y sencillez de sus textos, estos primero fueron confusos, y luego, oscuros e ininteligibles. Consciente de su impropio proceder en el empleo y temeroso por sus posibles efectos, pidió consejo, pero su mujer lo escuchó con evidente desinterés; Miguel le comentó sus desvelos, pero se estrelló en un muro de incomprensión. Y por fin llegó lo previsible: los superiores en el periódico no pudieron entender los móviles de Miguel, y mucho menos, consentir su modo de escribir. Todo terminó con su expulsión. Miguel soportó el golpe con estoicismo, pero lo que le resultó poco menos que insufrible, fue el desmedido enojo de Mercedes. En efecto, su mujer, ni bien supo lo del despido, se enfureció y le endilgó un extenso repertorio de denuestos. Miguel intentó por todos los medios exponer los viejos miedos, pero le fue inútil. Mercedes, con su sentido simple y directo, no logró entender el complicado y equívoco discurso de su esposo. El conflicto culminó irremisiblemente en divorcio, y el compungido Miguel se quedó sin empleo y sin mujer. Desde entonces quedó sumido en un punto de creciente depresión. Los meses fueron sucediéndose sin indicios de progreso en el espíritu de Miguel. En todo ese tiempo, el registro de términos con los que nutrir sus cuentos, fue su único recreo. Su retorno como portero en el edificio le permitió subsistir, y de ese modo, pudo seguir ejerciendo su despropósito en el difícil género elegido. Pero, por fin, un suceso logró conmover los sentidos de Miguel. Conoció otro espécimen femenino y lo recibió como un bienvenido consuelo. El encuentro le permitió emerger de su retiro y conocer un ser tierno, hermoso, y sobre todo comprensivo. Un viento de sueños sopló entonces en el pecho de Miguel, pero sólo duró lo que el dulce en el hocico del perro, pues los hechos se sucedieron con ritmo poco común.
Un incidente, que no por previsible resultó menos sorpresivo, convirtió en polvo su reciente ilusión. - ¿Cómo es tu nombre? - le preguntó. Fue el principio del fin. El nombre detonó en su mente como un misil y el débil hilo de su juicio terminó de romperse. Todo dejó de tener sentido y desde ese momento tuvo un único objetivo: huir... huir de ese mundo lleno de símbolos prohibidos e irse lejos de ese funesto nombre de mujer. Miguel se esfumó y sólo dejó en pos de sí, un documento con un texto de difícil comprensión:
"Me voy y no volveré. Lo siento, pero es imposible. Si no puedo escribir tu nombre, no te podré querer. Miguel".
El pliego logró su destino, pero sirvió de muy poco: Amanda se quedó por siempre sin entender el porqué de lo efímero del encuentro con Miguel, y mucho menos, el de su incomprensible fin.
Juan José Montero
En castellano, las vocales representan aproximadamente el 50% del material fonético. Dentro de ese 50%, ésta es la frecuencia de las vocales: A 16%, E 14%, O 10%, I 6% y U 3,6 %. En un relato de la extensión de "Un funesto nombre de mujer" debería haber unas 380 letras A.
No las hay.
En castellano, las vocales representan aproximadamente el 50% del material fonético. Dentro de ese 50%, ésta es la frecuencia de las vocales: A 16%, E 14%, O 10%, I 6% y U 3,6 %. En un relato de la extensión de "Un funesto nombre de mujer" debería haber unas 380 letras A.
No las hay.
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