vendí diamantes
para las suaves gargantes de las damas
y ahora tengo un collar violeta.
Gané millones de esterlinas
y francos dólares
que no tenían el menor olor
a los negros de Kimberley.
En Nueva York, Londres, París.
Un día me distraje
y vi en un diamante un resplandor
o como rostros, como soles
que se enfriaban en mis dedos.
Me ahorqué después de almorzar
por los diamantes que vendí
yo no sabía que eran bellos.
Yo no sabía que eran bellos.
Juan Gelman