Laura Chalar
sábado, 28 de abril de 2012
Leer/Escribir
Tuvo que subirse a una silla para bajar el libro, que estaba en el estante más alto. En los más bajos se apiñaban los textos de la facultad; en los del medio, viejos álbumes de fotos y una enciclopedia en veinte tomos; en el último, entre Durrell y el Romancero, esperaba ese libro que nadie había tocado en muchos años. Sopló el polvo que lo cubría y levantó la tapa roja. Él la miró desde su retrato, un hombre de rasgos apacibles y ojos marrones vestido a la usanza de otro siglo, y ella le sonrió antes de buscar el poema. Yo me pregunto, a fe mía, ¿qué hacíamos tú y yo hasta que nos amamos? Sí, eso estaba muy bien. Dejó la pluma en el tintero y se acarició pensativamente la barba. Afuera relinchó un caballo, dos hombres discutían, alguien rió destempladamente. Pero en su habitación todo era silencio y la imagen de una mujer alta leyendo a la luz de una vela. Cerró los ojos para verla mejor, y al cabo de un instante las palabras volvieron a fluir sin tropiezos. Si alguna vez vi una belleza que deseara y obtuviera, no fue sino un sueño de ti. Es pensó ella con el libro sobre las rodillas, como si cada hombre que quise en mi vida, que me aceleró el corazón al verlo, fuera una sombra huidiza frente a tu imagen, frente a esa sonrisa de dientes desparejos y el rulo contumaz sobre tu frente. Yo no sabía decirlo, pero él lo dijo por mí y antes de mí, y cuánta gente habrá sentido lo mismo en estos cuatro siglos. Y ahora buenos días a nuestras almas que despiertan, mirándose sin miedo una a la otra. Luego de haber escrito estos versos se preguntó qué pensaría al leerlos esa mujer alta, de pasos largos y miradas fugaces, y si habría poeta en el mundo capaz de poner en buen inglés la inmensa alegría de abrir los ojos junto a ella cada mañana, oler su cuerpo bajo las sábanas y hundirle los dedos en el pelo. Del otro lado de la ventana los dos hombres, olvidada su discusión, conversaban sobre América. Ha regresado Sir Walter, y cuenta cosas increíbles de aquellas tierras, dijo uno. No es necesario ir tan lejos para encontrar grandes portentos, pensó él, y escribió. Deja a los descubridores de mares ir en busca de nuevos mundos, deja que los mapas muestren mundos y más mundos, y poseamos nosotros sólo un mundo - que cada cual tenga uno y sea uno. Un poema, se dijo ella, no es tan distinto de una carta: ambos envían un mensaje, en ambos vibra un deseo de decir que tensa las palabras como cuerdas de una guitarra, y en ciertas ocasiones (como ésta) nos está permitido enviar nuestro mensaje en las voces de otros hombres, hombres que murieron hace mucho y a los que miramos desde la distancia, como en el fondo turbio de un espejo. Y sin embargo esas voces llegan claras y distintas, más fuertes que la tierra que los cubre. Mi rostro en tus ojos, el tuyo está en los míos. Una gota de tinta cayó sobre la hoja. Quizá, se angustió él, no haya mérito alguno en estos versos. ¿Qué sé yo de poesía? Yo, un funcionario de segunda. Yo, un pobre secretario. ¿Cómo podría yo haber hecho algo especial? Ante sus ojos se perfiló la silueta de la mujer alta y delgada, con la dolorosa precisión de una pintura. Mis rimas son tan pobres, y ella no lo es. Pero entonces la recordó cuando dormía, la respiración casi invisible y el pelo derramado sobre la almohada, libre por fin de su imposible arquitectura. E intuyó, sin explicarse por qué, que sus versos habían capturado algo, tal vez una o dos de las palabras adecuadas para dirigirse a una mujer capaz de dormir de esa manera. Alguna línea, quizá, profunda y cambiante como las piedras que adornaban esos largos dedos blancos. Su poema -entonces comprendió- iría más allá de ella, recorriendo e involucrando a hombres y mujeres que él no vería jamás, en mundos ajenos e inasibles, en terribles países de fábula. Su poema sería leído por gentes que no la habrían amado, que no la habrían (¡ah, imaginarlo!) siquiera visto; pero sin ella no sería más que tinta sobre una página. Para llegar a los otros, su voz debería atravesarla -a ella de las miradas largas y los pasos fugaces-, pasar a través de ella como la luz debe pasar por el agua para convertirse en todos los colores. Reconfortado, ligero el corazón bajo el grueso jubón negro, escribió. Y sinceros, simples corazones descansan sobre los rostros. Ella reconoció inmediatamente esos momentos: nos miramos y no decimos nada, ponemos especial cuidado en no decir nada, porque sabemos que una sola palabra rasgaría el equilibrio del instante, quebraría la ecuación perfecta de nuestros silencios. Sí, creo que este hombre quiso decir precisamente eso. Volvió, con afectuosa curiosidad, al retrato de la primera página, e indagó los ojos inteligentes, la sonrisa rondando las comisuras. Un hombre muerto ayudándola a hablarle a un hombre vivo. Esta noche voy a mostrarte el poema. Estaremos acurrucados en el raído sofá del living, tantas veces manchado de café, y podré finalmente decirte todo esto. Y será con palabras prestadas, pero que también, de algún modo, serán las mías. De todos modos, habrá mucho que quedará sin explicar: todo lo que las mareas del tiempo no traen a nuestras orillas, como los dedos de una mujer alta desatando las cintas de su vestido mientras un hombre de ojos marrones la aguarda tendido en la cama. Pero recién cuando esta imagen comenzó a desdibujarse tomó la pluma entre los dedos para rematar el poema. Si nuestros dos amores son uno, o si tú y yo nos amamos tan a la par que no mengüe ninguno, ninguno podrá morir.
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